La criminologia como la medicina de la delincuencia

En un mundo en el que los médicos no existieran y ante un caso de contagio grave y sin tener conocimientos al respecto, probablemente la ciudadanía habría dictaminado expulsar o, como mínimo, poner en cuarentena al enfermo. Sin ningún tipo de tratamiento, ayuda o posible paliación a la enfermedad. Únicamente encerrado, para evitar los peligros del contagio y la muerte.

Lo habrían decidido por consenso, por miedo y quizá incluso por rabia.

Si hubiera habido médicos, habrían examinado las causas, habrían realizado programas de actuación y prevención, habrían luchado utilizando la ciencia y muy probablemente habrían podido erradicar la enfermedad. Una vez la sociedad viera esa curación aparentemente milagrosa, delegarían ipso facto el poder de las decisiones a aquellos profesionales.

Soy consciente de la simpleza de la analogía pero creo que ya habéis captado por dónde van los tiros. Mi punto no es más que mostrar a la gente la importancia de que un profesional adecuado al ámbito trate la delincuencia.

No digo que la delincuencia sea una enfermedad. De hecho es tan sólo un constructo social que varía según van modificándose la cultura y los valores sociales. Por ejemplo, ser homosexual es delito en 72 países (en 8 se castiga incluso con pena de muerte), un hecho que, en países como el nuestro, es –afortunadamente– impensable (independientemente de la homofobia existente). Sin embargo, sí que es cierto que las conductas delictivas y la desviación social rompen el contrato social del que hablaba Hobbes (Hobbes, 1651), donde alguien del grupo deja de seguir las normas, las leyes y la moralidad imperante y acordada. La convivencia resulta difícil cuando existe delincuencia.

No obstante, del mismo modo que la cuarentena no es útil para curar una enfermedad, la privación de libertad no es la pena más adecuada para evitar y tratar la delincuencia. Sí lo es para una venganza. También para que el sujeto no destruya pruebas antes del juicio o no exista peligro de huida. Aceptemos también la prevención especial: para proteger a la ciudadanía de la peligrosidad de ciertos delincuentes, no obstante estos casos puedan llegar a ser nimios (tal y como ya hemos visto en anteriores artículos). Las prisiones son un caldo de cultivo para la delincuencia: la rutina, el ambiente, la falta de libertad, tiempo y autonomía, la carencia de vida social… todos ellos aspectos que se intentan paliar con los pocos recursos destinados para tratamiento en prisión y que no son suficientes para que, una vez pasado el tiempo en la cárcel, la persona que en su momento delinquió se sienta más perdida y abandonada por las instituciones que en un principio.

Hay que saber que la privación de libertad como ahora la entendemos es una pena moderna en la historia de la humanidad (finales del siglo XVIII, principios del XIX) (Foucault, 1975). Se sustituyeron las actuaciones comunitarias por esta institución en la que el único propósito era castigar mediante la privación de libertad y tiempo. Por ese motivo la arquitectura de la prisión está basada en el panóptico, donde desde un centro se podían vigilar a todos los presos.

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Era una estructura que distaba mucho de intentar ayudar al delincuente a superar o resolver sus carencias o siquiera intentar mejorar sus valores. Algo que sí puede alcanzarse con las modificaciones adecuadas en las soluciones o castigos que actualmente aplicamos para la criminalidad. Como hacen en Dinamarca, por ejemplo, con las open prisons (prisiones abiertas), donde para determinados delitos, los internos están confinados en espacio abierto, sin barreras ni vigilancia excesiva, con tratamiento y actividades varias para asegurarse de que el sujeto se reincorpore en la sociedad sin problemas y con deseos de cumplir ese contrato social del que antes hablábamos (para aquel que esté interesado en esta institución, un pequeño documental: https://www.youtube.com/watch?v=-ZzQI0SuYYE ). Existen delincuentes que, si se les tratara ahondando en la raíz del problema con la prevención e intervención apropiada, podrían no reincidir o incluso dejar atrás el camino de la criminalidad.

El criminólogo es el médico de la delincuencia. Entiende y estudia las causas y consecuencias de la misma, es capaz de preparar planes de prevención e intervención, puede especializarse en cualquier ámbito criminológico (acoso escolar, acoso en el trabajo, violencia contra las personas, violencia de género, victimología, abuso y acoso sexual, seguridad pública y privada delincuencia de cuello blanco, delincuencia en las organizaciones, etc.) igual que existen todo tipo de ramas en la medicina.

No obstante, no se nos tiene en cuenta. Cada año se gradúan más y más criminólogos preparados para combatir la delincuencia desde antes de que surja y no se aprovecha. La ciudadanía sigue pensando que somos producto de una pasión por CSI, los políticos hacen oídos sordos y siguen dejándose llevar por aquello que más les favorece, que en general suele ser escuchar a aquellas víctimas que les interesa y a la sociedad y su punitivismo, que aboga por prisión, prisión, prisión (porque, ¿qué van a hacer si no hay médicos que “curen” la delincuencia?).

La criminología es una ciencia ninguneada en España que necesita urgentemente abrirse paso, unificarse y demostrar su valía.

No existen trabajos de criminólogos porque no saben lo que podemos hacer. Enseñémosles.

> Bibliografía

FOUCAULT, M, (1975). Vigilar y castigar.

HOBBES, Thomas (1651): Leviatán

> Publicado por:

sara-garcia

La criminologia como la medicina de la delincuencia – (c) – Sara García

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