Reflexiones sobre el trabajo de campo

Enfrentarse al trabajo de campo de una investigación puede llegar a ser un proceso entusiasta a la par que frustrante. Cuando el investigador tiene una idea y empieza a plasmarla y a diseñar su investigación todo es ilusión, ambición y buenas intenciones. Sin embargo cuando llega la hora de la verdad y hay que ponerse manos a la obra muchos son los obstáculos que nos encontraremos en nuestro camino.

Tal vez no sea yo quién para hablar sobre el trabajo de campo en una investigación científica, pues solo he llevado a cabo un proceso de este tipo, pero es precisamente ese único proceso, llevado a cabo con motivo de mis prácticas universitarias, el que me ha animado a compartir mi experiencia.

El primer párrafo y la foto que acompaña al encabezado de este artículo son bastante representativos de cómo me he sentido en determinados momentosEs representativa además la imagen por la dureza indiscutible de trabajar en la agricultura, dureza que, salvando las distancias y con todo el respeto, puede compartir el trabajo de campo en criminología o cualquier otra ciencia social.

Pero antes de contar mi experiencia hablemos un poco del trabajo de campo en sí, ¿qué es el trabajo de campo? El trabajo de campo es una herramienta compartida por diferentes profesionales. Como por ejemplo etnólogos y antropólogos que “hacen campo” cuando registran usos y costumbres de pueblos, cuando indagan sobre los orígenes de ciertas manifestaciones culturales o cuando sistematizan datos sobre interacciones entre grupos. Sociólogos, criminólogos, politólogos y psicólogos sociales “hacen campo” cuando a través de observación directa, encuestas o entrevistas, analizan valores, actitudes, redes de relación al interior de grupos y entre ellos, preferencias electorales y conductas sociales. Además los economistas también “hacen campo” cuando comparan precios, niveles de consumo, preferencia por productos y/o servicios, y satisfacción con ellos (Dubost, s.f.).

Encuestas

Obsérvense los términos marcados en negrita del párrafo anterior, pues son los relacionados con un servidor y su experiencia. En efecto, con motivo de mis prácticas universitarias, como apuntaba más arriba, tomé la decisión de realizar un estudio de delincuencia juvenil autorrevelada en la ciudad de Terrassa, en la que resido. Es decir soy un criminólogo (si se me permite la osadía) que “hace campo” a través de encuestas con las que pretende analizar conductas sociales de los jóvenes de Terrassa.

Tras esta introducción paso a explicar mi experiencia. En el diseño del proyecto decidí que mi población de estudio serían los y las menores desde los 14 a los 17 años de edad, la franja que regula la Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, de Responsabilidad Penal de los Menores. Así, una vez definida mi población de estudio me dirigí a l’Observatori Econòmic, Social i de la Sostenibilitat de Terrassa (OESST), organismo que se encarga de elaborar estadísticas en la ciudad. El trato recibido fue exquisito y obtuve información sobre dónde buscar datos de población. Aun así, pronto me di cuenta de que debía centrarme en los menores escolarizados, pues para llevar a cabo la encuesta la única opción viable era ir a los centros educativos y suministrar allí los cuestionarios. El siguiente paso fue en el Servei d’Educació, en esta institución me llevé una de cal y una de arena. Me explico, si bien en un primer momento me facilitaron los datos de matriculados en todos los centros educativos, públicos y concertados, cuando les solicité colaboración para que, vía correo electrónico o vía telefónica, contactaran con los centros y expusiesen el proyecto, tratando con ello que participasen el mayor número de centros posibles, la ayuda no fue la esperada. De hecho, después de dos semanas y media teniéndome en vilo, y a pesar de andar yo llamando por teléfono y personándome allí, me dijeron que ellos no tenían ninguna potestad sobre los centros y que eso lo tenía que hacer yo.

Y aquí comenzó una tremenda odisea, no por tener que llamar y contactar yo con los centros, si no por el hecho de que, al tenerme dos semanas y media esperando, el tiempo del que disponía para contactar, concertar entrevistas si era necesario, buscar días y horas para pasar las encuestas, etc., era más bien escaso. Pero lejos de venirme abajo inicié automáticamente los contactos con los centros. La mayoría me pidieron una propuesta formal por escrito, como era de esperar, y la mayoría no se para que me la pidió porque ni si quiera se dignaron a contestar. Total que tras varias semanas de llamadas, correos y más llamadas conseguí que, de un total de 36 centros, cinco se animasen a participar.

Los motivos que aquellos centros que, al menos, me dieron una respuesta fueron varios, desde: “la política del centro es la de no usar a los alumnos para encuestas”, pasando por: “es que las preguntas nos parecen demasiado comprometidas” o: “ya tenemos organizado el trimestre y no podemos programar nada extra”.  Por supuesto todos estos argumentos son absolutamente respetables, ahora bien, si los propios centros educativos no se prestan a colaborar con un estudiante para que lleve a cabo un proyecto en el marco de sus estudios, a mí personalmente me parece cuanto menos paradójico. Pero lo que me parece aún más preocupante es que si los científicos sociales queremos explicar determinados fenómenos con evidencia empírica, y los actores sociales implicados no se prestan a colaborar, será difícil combatir con el sensacionalismo de los medios de comunicación generalistas.

Así las cosas, un proyecto que en un principio estaba diseñado para obtener 1500 encuestas en 36 centros educativos, obteniendo así una muestra representativa que pudiese aportar datos extrapolables a la población, se quedó en una muestra de 158 chicos y chicas de cinco centros y sin poder obtener dicha representación.

En conclusión, como ya mencioné al inicio del artículo, el trabajo de campo, a lo largo del proceso, te hace recorrer caminos de luces y sombras, de emoción y frustración, de subidones y de bajones, pero lo que sí que aporta todo proceso es experiencia, y eso es lo que al fin y al cabo debe valorar un investigador nobel, pues la experiencia se consigue trabajando duro y no rindiéndose. A pesar de que mis objetivos quedaron lejos de ser alcanzados, me siento satisfecho del trabajo y del esfuerzo que realicé y desde aquí animo a todos/as los que quieran llevar a cabo una investigación en criminología a que lo haga, porque la criminología española necesita investigaciones empíricas para seguir avanzando.

Publicado por:

ivan

Reflexiones sobre el trabajo de campo – (c) – Iván Robles

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