Propaganda en las Nuevas Guerras: Guerra de Irak (2003) – segunda parte

El terror como arma

mirillaEl 11 de septiembre de 2001 un grupo de terroristas radicales islámicos estrellaron dos aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas, un tercero contra el Pentágono y se disponían a atentar con un cuarto avión, que no llegó a su objetivo y se estrelló por el camino. El atentado se cobró la vida de todos los pasajeros de los aviones y produjo centenares de muertes en el World Trade Center, las Torres Gemelas.

Fue la excusa perfecta para que el Gobierno estadounidense comenzase una campaña de identificación entre los árabes y el terror que convenciese a la opinión pública para comenzar una guerra “por su propia seguridad”. La consecuencia fue el ataque a Afganistán, ese mismo año, tras acusar Estados Unidos al régimen afgano de ocultar a Osama Bin Laden, líder de los fundamentalistas.

Más tarde, se sumaron las sospechas que creó el Gobierno estadounidense sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, que actuaron sobre la identificación ya creada entre los musulmanes y el terror y alimentaron los prejuicios de los occidentales. Aunque la realidad era que tras la primera Guerra del Golfo, la capacidad de Irak para producir este tipo de armas biológicas o químicas fue prácticamente eliminada, los motivos eran creíbles para la opinión pública, tanto, que algunos autores las llamaban irónicamente “armas de distracción masiva”.

Ya tenían un argumento muy poderoso con ello, al que le unieron más, en concreto, las relaciones de Hussein con Al Qaeda y la opresión que ejercía el Gobierno sobre los iraquíes.

La polarización se realizó de nuevo. El mundo se dividía en dos bloques: nosotros, los occidentales, y ellos, los no-occidentales. Así, en los medios de comunicación, el musulmán vuelve a encarnar al moro fiero de los grabados de la Edad Media, a la amenaza para el resto del mundo.

En múltiples ocasiones, quienes defendían la guerra subrayaban el paralelismo entre el tratamiento que infligía Saddam Hussein a los kurdos y el de los judíos por parte de Hitler, o la invasión de Kuwait por parte de Irak y la invasión de Checoslovaquia y Polonia por parte de Alemania, así como la escalada de armamentos de Hussein y Hitler. Se trataba de otra “guerra contra el terror”, que pretendía conseguir el apoyo de la opinión pública a través de la demonización del enemigo.

En este sentido, el Gobierno estadounidense se valió de una explotación concienzuda de temores y sentimientos creados por los atentados del 11 de septiembre, así como de la ignorancia que la sociedad occidental tenía sobre Oriente Próximo. La inferencia era clara: las únicas opciones que tenía Estados Unidos para resolver el problema de Irak y el terror que estaba sembrando en el mundo eran una guerra con el apoyo de las Naciones Unidas o una guerra sin él.

Los periodistas “incrustados” y otras técnicas propagandísticas

Tras la experiencia de los media pool en el conflicto del Golfo, en la Guerra de Irak los periodistas fueron “incrustados” en las unidades militares atacantes. Así, las acreditaciones fueron distribuidas entre la prensa “aliada”, que acompañaría al ejército como si fuesen uno más de ellos. Ese reparto de acreditaciones provocó que los medios más contrarios a la línea oficial, como Harper’s o The Nation llegasen incluso a presentar demandas ante los tribunales por la censura a la que les estaban sometiendo de antemano.

soldadosCuando la administración Bush aún preparaba la represalia en Afganistán, antes de comenzar la guerra de Irak, se anunció la creación de la Oficina de Influencia Estratégica de Washington, cuyo objetivo concreto sería dirigir la opinión pública a través de los medios y crear las campañas propagandísticas oportunas para conseguir el apoyo del país. En este contexto, también surgió, aunque débilmente en aquel entonces, la importancia de Internet. Esta nueva herramienta sirvió, en ese momento, para enviar correos electrónicos a líderes civiles y a militares para instarles a abandonar a Husseín, aunque no tuvo el alcance masivo que se pretendía.

Para levantar la moral de la población occidental y, en especial, la estadounidense, el 2 de abril de 2003 se llevó a cabo el rescate de la soldado norteamericana Jessica Lynch, que había sido secuestrada por iraquíes y se encontraba en un hospital de la ciudad.

Un comando de operaciones especiales irrumpió en el hospital y se la llevó en un acto heroico. Más tarde se supo que, con anterioridad, el responsable del hospital iraquí había hecho llegar toda la información sobre la prisionera al ejército estadounidense y se había ofrecido a devolverla.

cartas husseinLa veda de acciones propagandísticas estaba abierta. Como medida para popularizar la guerra, Estados Unidos creó una baraja, con 55 cartas, cada una de las cuales  tenía a uno de los más buscados del Gobierno Hussein, además de incluir dos comodines con una guía con títulos tribales y los rangos militares iraquíes.

Al comienzo, el juego de cartas se presentó como una herramienta para facilitar a los soldados la búsqueda y captura de los dirigentes y criminales del régimen de Hussein, pero al principio sólo se imprimieron unas cuantas para entregarlas a los medios de comunicación. En poco tiempo, la baraja se popularizó y se convirtió en un auténtico objeto de coleccionista, respondiendo a los objetivos de sus creadores. De hecho, podía conseguirse en centenares de tiendas que vendían copias al público.

La caída, literal, de Hussein

A pesar de los múltiples actos heroicos que se interpretaron durante la guerra de Irak, este conflicto aún no contaba con un suceso contundente que fuese recordado por la historia como cenit de la guerra.

Por ello, cuando aún se producían batallas en la ciudad, el 9 de abril de 2003, varios tanques de la marina rodearon la plaza de Al Fardus, donde casualmente se alojaban la mayoría de periodistas “no incrustados”, es decir, aquellos que no acompañaban al ejército y no habían llegado allí con las tropas, sino por sus propios medios. Los soldados se dispusieron, ante ellos, a demoler la estatua de Hussein, rodeados de ciudadanos iraquíes emocionados con la caída, literal, del tirano.

Las imágenes que se distribuyeron al mundo no permitían determinar el número exacto de gente que había, y algunos incluso contaban que habían sido los iraquíes los que habían intentado tirar abajo la estatua y, ante la imposibilidad de  derribarla, habían pedido ayuda a los marines. En cualquier caso, el ejército representó, ante los periodistas de todo el mundo, la caída de Husseín como un hito histórico que no pasó desapercibido. Tanto, que podemos haber olvidado muchas cosas de aquella guerra, pero todos y cada uno de nosotros recordamos esas imágenes en la televisión.

La imagen de Bush tras la guerra

Una vez acabada la guerra de Irak, y a pesar de los esfuerzos propagandísticos, la imagen del presidente Bush no estaba en sus mejores momentos.

Por ello, como colofón a los actos propagandísticos a los que dio lugar esta guerra, el 7 de septiembre de 2003, antes de la campaña de su reelección, se estrenó el telefilme DC 9-11: Time of crisis, sobre el presidente estadounidense el día del atentado de las Torres Gemelas. El guión de la película fue escrito en colaboración con varios miembros del equipo Bush, y justificaban acciones del propio Bush, de la Casa Blanca y del Pentágono, y se presentaba al presidente como un líder grandioso pero humano, infalible pero modesto, cariñoso pero implacable.

 La guerra “informativa”

periodistasA pesar de todos los esfuerzos, con el crecimiento de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías, a los Gobiernos les resulta mucho más difícil tapar las informaciones que no les interesan. Por ello, durante las Nuevas Guerras, la propaganda recurre a métodos que pasan más desapercibidos.

No obstante, el terreno de una guerra no tiene normas, por lo que las técnicas tradicionales, aunque de sobra conocidas, como los panfletos, los altavoces o las publicaciones para atacar la moral enemiga, no han dejado de tener presencia en estos conflictos, ni han dejado de tener influencia en aquellos a los que se dirige. La diferencia la marca que en el tablero de las Nuevas Guerras, los peones son los reporteros, la prensa que, consciente o inconscientemente, le sigue el juego a los objetivos de su respectivo país y contribuye a convertir la información en propaganda.

Visto desde fuera, muchas de las noticias que se dieron durante estas guerras no dejan de ser teletipos presentados con buen gusto. Tanto en la Guerra del Golfo, en la que se formaron grupos controlados con los media pool, como en la Guerra de Irak, en la que los reporteros formaban parte directamente de la unidad correspondiente, el día a día influyó, obviamente, en la forma de dar las noticias de esos periodistas, que ya no veían la guerra por sí solos, sino como los soldados que les acompañaban y les protegían. 

A esto se le suma la guerra de audiencias que se crea en los medios de comunicación de forma paralela a los conflictos, lo que hacen que la información sobre éstos se transmita de la forma más atractiva posible, aún a riesgo de convertirse en vehículos de la propaganda. A falta de imágenes que resuman todo lo que ocurre en una guerra y de información suficiente como para ocupar todo lo que se buscaba, las televisiones optaron por crear gráficos, mapas y cubrir el tiempo restante con imaginación, no en cuanto a mentiras, sino en cuanto a la naturaleza de los reportajes que se emiten. En definitiva, la guerra se cosifica, se presenta a la audiencia como un producto dispuesto para ser consumido, y se comercializa con ella.  A través de los medios de comunicación y a partir de ese momento, la guerra es sólo un programa de entretenimiento más.

> Publicador por:

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Propaganda en las Nuevas Guerras: Guerra de Irak (2003) – segunda parte – (c) – Amelia Pomares

> Bibliografía

– Huici, Adrían. Y VV.AA. (2004), Los heraldos de acero. La propaganda de guerra y sus medios. Sevilla. Comunicación Social.

– Iglesias Rodríguez, Gema (1997) La propaganda en las guerras del siglo XX. Madrid, Arco libros.

– Sierra, Francisco (1999) Propaganda y nuevo orden  mundial. Historia y comunicación social. Número 4, pag. 199-215.

– Yehya, Naief. (2003) Guerra y propaganda. Medios masivos y el mito bélico en Estados Unidos. México. Paidós.

– Pizarroso, Alejandro (2005) Nuevas Guerras, vieja propaganda. Madrid. Cátedra.

– Pratakanis, A. y Aronson, E. (1994) La era de la propaganda. Uso y abuso de la persuasión. Barcelona, Paidós.

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   – MacArthur, J. (1992) Remember Nayirah, Witness for Kuwait?, The New York Times, En línea en: sites.suffolk.edu/fs183a/files/2009/08/macarthur-remember-nayirah-the-new-york-times-op.doc

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