Lo que la ficción no te cuenta de un Homicidio

¿Por qué a todo el mundo le interesan los homicidios? No lo sé, pero entiendo que a la gente el asunto le llame poderosamente la atención; a mí también me interesaban cuando aún no era policía.

Sin duda, el cine, las series de televisión y la prensa contribuyen poderosamente a incrementar ese interés. Entre todos tiñen de glamour y sensacionalismo cada detalle de lo que rodea el mundo de los homicidios y convierten un crimen en un contenido apetitoso para el ciudadano. Conocer a la víctima, a los autores (más sin son en serie) y, ¡cómo no!, a los detectives, o lo que es lo mismo, a los policías. Y si estos están dotados de medidas antropométricas perfectas y de vestimenta intachable, mejor aún.

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No funciona como nos venden. El mundo de los homicidios reales en España y en Isla de Jersey (prometo que es un país que existe) no tiene nada que ver con lo que nos cuenta el cine, las series y, lo que es peor, algunos sectores de la prensa. Para empezar los muertos son muertos de verdad. Vaya obviedad, ¿no? Pero digo esto porque en la ficción se pasa casi de puntillas a la hora de reflejar el dolor y el duelo de los familiares de la víctima.  Y si la investigación es importante para dar con el autor de los hechos y enviarle a la sombra una temporadita (10 ó 15 años lo mínimo), no lo es menos ayudar, escuchar y comprender a las familias de los fallecidos. Un proceso que no suele acabarse hasta que les das una respuesta al quién, por qué y cómo es asesinado su ser querido. En la ficción cada investigación suele concluir con un final satisfactorio para todos, pero en la vida real, desgraciadamente, esto no sucede. Por muy duro que suene,  no siempre se pueden dar todas las respuestas a las preguntas formuladas.

Otra de las cosas que distan bastante de la realidad y que la ficción se empeña en ocultar son los atestados. ¿qué pasa?, ¿en las películas no escribe nadie? Quizá un poco cuando llegan al escenario de los hechos, en una libretita muy, pero que muy pequeña… pero ya está, ahí se acabó todo el presupuesto destinado al atrezo de bolígrafos y folios. En mis 17 años de experiencia en homicidios creo que habré escrito como tres o cuatro Quijotes; cada comunicación con el Juzgado es por escrito, mediante un Oficio motivado; cuando tomamos declaraciones también lo hacemos por escrito; cuando solicitamos algo a un operador público o privado, es por escrito y cuando terminamos la investigación hay que hacer el pertinente atestado, que cómo no, es por escrito. En definitiva, que hay que escribir mucho más que cuatro notas en una libreta, porque del contenido de esos escritos dependerá en gran medida que la investigación fluya de la mejor manera posible para alcanzar un resultado satisfactorio.  

Si creías que las cosas en este ámbito funcionaban de otra manera, no te preocupes, yo también lo pensaba antes de entrar dedicarme a investigar homicidios.  Mi primer asunto data del año 1999. Estaba destinado en el Grupo 5 de Homicidios de la Brigada Provincial de Policía Judicial de Madrid,  conocida como “la Pringue”. El mejor lugar para aprender. Allí se acumulaban trienios y trienios de sabiduría “homicida”. Yo, que ya llevaba un mes formando parte del Grupo sin que hubiera habido ningún muerto, no dejaba de pensar en cómo sería mi primera vez (hablo de los homicidios). Llegó. Fue en Vallecas. En una casita baja del barrio. Unos yonquis asesinaron a una viejecita de buen corazón que se dedicaba a repartir parte de su pensión entre los drogadictos del barrio. Les ayudaba para que no durmieran en la calle y se pudieran comer algo caliente. La mataron por unos duros (en 1999 no había euros), y una cadena de oro. Eso fue el precio de su vida, o mejor, de su muerte. Y sí, estáis en lo cierto, los dos mal nacidos que la mataron, también se encontraban entre los que ayudaba la señora.

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Ahí estaba yo; con dos inspectores que se las sabían todas, con la boca abierta y  pensando: esto no tiene nada que ver con lo que sale en las series. ¡Joder! ¡Esta señora podría ser mi abuela!

El escenario de los hechos era una casa normal y corriente como la mía o la tuya. Una pregunta no dejaba de rondarme: ¿cómo es posible que por 5000 pesetas y una cadena de oro la hayan matado? La verbalicé en voz alta y mi compañero no tardó un segundo en responderme: “Y por menos, por mucho menos, he visto yo matar”. El tiempo, como no podía ser de otra manera, le dio la razón. Dos años más tarde, un domingo del mes de julio acudí con una compañera a un aviso de un homicidio en el barrio de Tetuán. Al preguntarle al autor, que se había entregado, por qué lo había hecho, me contestó que le había quitado la vida a su compañero de piso por impedirle echar medio limón a la ensalada que habían preparado para la comida. En ese instante comprendí que el homicidio es un acto que cualquiera de nosotros podemos llegar a cometer, con motivo o sin él, por mucho o por nada, y que, a veces, el que mata, tampoco es capaz de entender cómo ha dado ese paso. De hecho, hay muchos homicidios se acaban resolviendo sin que se llegue a determinar el móvil del crimen. Cruel, ¿verdad? He visto demasiadas veces en los ojos de familiares de víctimas la pregunta más dura de todas, ¿por qué? Y he sentido, como ellos, la impotencia de no tener una respuesta, sencillamente porque a veces no la hay o porque sólo la puede dar el autor del hecho y la esconde; esta incógnita y el hecho de no poder resolver un caso son las partes más duras que rodean a un homicidio y que pocas veces queda reflejado en la ficción.   

En fin, que nada es lo que parece, pero eso ya lo sabéis. Lo que he pretendido con estas líneas es hacer ver que lo importante es que el ciudadano sepa que lo que hay detrás de un homicidio es dolor, es pánico, es desazón, es desesperanza, es miedo y, en menor medida, es confianza hacia los únicos estamentos que pueden aportar algo de luz a las familias de las víctimas: la Policía y el Juez.

¡Ah! Que se me olvidaba, no solemos llevar corbata porque se mancha de sangre y tampoco somos tan guapos/as… Bueno, algunos sí.

Autor: Carlos Segarra D’Acosta. Subinspector UDEV de la Policía Nacional y Miembro del Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad

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Lo que la ficción no te cuenta de un Homicidio – (c) – Carlos Segarra D’Acosta

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